sábado, 19 de diciembre de 2015

Estatutos: Concilios Ecuménicos y Artículos de Religión

Los Siete Concilios Ecuménicos 


(La defensa de la Fe a través de la Santa Tradición)



EL CUERPO DE CRISTO

La Iglesia es sacramental y/o místico, Cuerpo de Cristo, establecida como tal por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo permanece constante dentro de la Iglesia para sostener su existencia como el Cuerpo de Cristo. Aunque la Iglesia en la tierra existe en muchos lugares distintos y en muchas denominaciones cristianas independientes, es la única y misma Iglesia en cada lugar, ya que, por el Espíritu, el Señor Jesucristo es sacramentalmente y totalmente presente en cada grupo local sin distinción. Si esto no fuera así, ningún miembro de la Iglesia puede recibir la plenitud de la salvación en Cristo, porque Cristo mismo se dividiría.

LA IGLESIA LOCAL

Una iglesia local es la reunión de un grupo de creyentes en un área particular presidida por un obispo que es su enfoque de unidad e identidad. El obispo preside la misa (Eucaristía), ya sea por sí mismo o/a través de un sacerdote a quien le delega la sagrada responsabilidad. El obispo se llama, por lo tanto, para representar, en su ministerio, la Fe, Disciplina y Culto no sólo de la Iglesia local, sino también de todo el Cuerpo de Cristo en todas partes del planeta tierra.

AUTORIDAD SOBRE LA IGLESIA 

Porque la Iglesia es verdaderamente el Cuerpo de Cristo - Cristo mismo en su manifestación sacramental - que no es posible que alguien o algo para ejercer autoridad sobre la Iglesia, ya sea entendida como universal o como local. No es posible debido a que dicha autoridad se ejerce sobre el mismo Cristo. (Ni el Papa ni la Biblia, por lo tanto, puede ser considerado como una autoridad sobre la Iglesia.)

AUTORIDAD DE DENTRO DE LA IGLESIA

Hay, sin embargo, una autoridad ejercida dentro y en toda la Iglesia, que es la autoridad permanente del Espíritu Santo mismo. Como existe la Iglesia en un modo sacramental en este mundo, tomando las cosas terrenales y relleno y transformarlos por la gracia de la Santísima Trinidad, por lo que el ministerio de los Apóstoles (que ahora recae sobre los obispos de la Iglesia) es fundamentalmente uno de los testigos en el poder del Espíritu.

LA FE COMO TRADICIÓN SANTO

Este es un testimonio de la verdad de Cristo sostenida por el Espíritu Santo en la Iglesia. Para este testigo se le da el nombre de la Santa Tradición. Para mantener a la Iglesia en la verdad es el mismo que para mantener la Santa Tradición. Este deber de preservar un verdadero testigo de la defensa de la Santa Tradición, es el propósito por el cual todos los Consejos, especialmente los Concilios Ecuménicos, han sido llamados.

Un gama de distintos nombres de grupos

Desde el principio, la Iglesia ha tenido que discernir la auténtica Tradición Sagrada de entre muchas corrientes y pensamientos distintos a la única y verdadera fe. Para estas corrientes o movimientos que dan paso a la duda en general, pero cada tendencia tiene su propio nombre en particular. Hasta que uno hace un estudio a fondo de la historia temprana de la Iglesia, los nombres de las diferentes formas contribuyen a veces a la confusión en lugar de la luz. Estas ideas o interpretaciones, si hubieran sido adoptadas por la Iglesia, habrían destruido la fe de la misma manera que un herbicida moderno destruye una planta alterando progresivamente sus funciones vitales. En este tramo los Siete Concilios, que presentó el antídoto a estos tóxicos, figuran con una referencia al descubierto el nombre con el que se conocen las diversas interpretaciones. Si las acciones de los Consejos aparecen negativos, es porque fueron llamados a erradicar falsas doctrinas, no inventar otros nuevos, ni para exponer todo el contenido de la Fe.

LA TRADICIÓN SUBYACENTE

Es importante darse cuenta de que los Padres (de los obispos reunidos) de los Consejos estaban preocupados de preservar y defender la Santa Tradición. Cada padre sabía, y era responsable de mantener la fe, ya que se había conservado en su propia Iglesia local desde su fundación. Contra tal conocimiento las herejías se destacaron por las innovaciones que eran. La propia Santa Tradición proporciona el tema de fondo que une los siete Consejos. Es el mismo tema que encontramos en las Sagradas Escrituras con razón interpretado.

La interpretación correcta

Uno de los problemas que enfrentan los padres era que los herejes usan las Escrituras como fuente de los textos para apoyar sus puntos de vista. Es importante reconocer que la Santa Tradición no es algún tipo de suplemento a las Escrituras (como se supone a menudo en el momento de la Reforma), pero que, en conjunto, la Tradición y la Escritura proporciona el relato auténtico de la Verdad de Dios en Cristo . El Antiguo Testamento debe ser interpretada a la luz de la Tradición, mientras que el Nuevo Testamento es tradición comprometida con la escritura.

LOS SIETE concilios ecuménicos

EL PRIMER CONSEJO (Nicea I) 325 dC

Rechazada la enseñanza de que Cristo es divino, pero es distinta de e inferiores, en esencia, a Dios Padre (Arianisim) - esto era el paganismo disfrazado de cristianismo.

El Concilio (Constantinopla I) 381 AD

Reafirmó las decisiones de Nicea I, opuesto a cualquier enseñanza que el Espíritu Santo era menos que verdaderamente Dios (macedonianismo) y establece el "Credo Credo en la forma que hoy utilizamos.

EL TERCER CONSEJO (Éfeso) 431 AD

Rechazada la enseñanza de que Jesús era dos "personas", una divina otro humano, unidos entre sí (nestorianismo). Confirmó la enseñanza de que Cristo es una Persona divina que también ha tomado para sí una naturaleza humana completa de la Virgen María - su título 'Madre de Dios' (Theotokos) apoya esto.

EL CONSEJO CUARTO (Calcedonia) 451 AD

Se opuso a la enseñanza de que la naturaleza divina en Cristo había absorbido la naturaleza humana (eutiquianismo o monofisismo).

EL CONSEJO QUINTO (Constantinopla II) 553 AD

Intentos condenados a reintroducir nestorianismo disfrazada.

EL CONSEJO SEXTO (Constantinopla III) 680 AD

(Repudiado una forma de Eutchychianism que afirmó que Cristo sólo tenía una "voluntad" - destruyendo así la integridad y la realidad de sus dos naturalezas.

EL CONSEJO SÉPTIMO (Nicea II) 787 AD

Rechazada la afirmación de que el homenaje de los Santos Iconos era idólatra (iconoclasta).

El principio clave 

El principio clave defendido por los Siete Concilios es la Encarnación - la creencia de que el Dios verdadero se ha convertido en verdadero hombre, que su naturaleza divina y la naturaleza humana que ha tomado para sí están unidos inseparablemente entre sí - pero de una manera que preserva la exhaustividad de ambas naturalezas. El Consejo Séptimo lleva este principio aún más al insistir en que la gracia divina de la salvación en efecto, funciona con eficacia a través de las cosas materiales.Esta última insistencia reafirma la gracia recibida a través de los sacramentos, también defiende la honra de las imágenes por la misma razón.

Una cadena de oro 


Podemos ver los Siete Concilios como una cadena de oro de la doctrina que se extiende a través de la historia de la Iglesia. Si un eslabón se rompe la cadena falla. Estos Consejos protegen mediante la exclusión de error la verdad de nuestra salvación - nueva vida en Cristo. Muestran por qué la Iglesia debe ser entendida como ser verdaderamente el Cuerpo de Cristo.

Los cánones 

Al igual que los muchos consejos locales de obispos llamados a hacer frente a la atención de la Iglesia en un área más pequeña, los Concilios Ecuménicos también pasaron Cánones o regulaciones, para la realización de los fieles - el trabajo práctico de la Fe. El Derecho Canónico de la Iglesia no es un conjunto de reglas independientes de la naturaleza de la Iglesia como Cuerpo de Cristo - que haría un poder sobre la Iglesia y sobre Cristo. Los Cánones regulan la conducta de los fieles para que pueda ser testigo de la vida en el Espíritu Santo, que es también nueva vida en Cristo.

OTROS CONSEJOS 

Los Concilios Ecuménicos son un ejemplo, al más alto nivel, de la forma en que se regula la vida de la Iglesia en este mundo. La mayoría de los Concilios antiguos se llevaron a cabo en una escala más modesta, y se ocupó de las preocupaciones locales. Debido a que el principio de testigo en y por el Espíritu Santo sigue siendo el mismo, las decisiones adoptadas en dicha Consejo veces pueden ser de importancia universal. Un número de estos Consejos, sus decisiones y Cánones, han sido reconocidos por los Concilios Ecuménicos. La Iglesia Católica Anglicana Rito Santo reconoce el estado de todos estos Consejos.

DESPUÉS DEL CONSEJO SÉPTIMO

Desde la celebración de la Séptima ninguna importante reunión de obispos puede ser llamado ecuménico en el verdadero sentido de la descripción. La Iglesia Católica Romana ha continuado llamar a algunos de los Consejos posteriores celebradas en Occidente 'ecuménico' pero nunca han logrado la aceptación de todas las Iglesias. La verdad es que es la calidad de la fidelidad a la Santa Tradición en lugar de las condiciones de tamaño y lugar que es de fundamental importancia. Hay iglesias (las Iglesias orientales, por ejemplo) que se han negado a aceptar la parte de los Siete Concilios Ecuménicos. La razón de esta negativa se debe a que dichas Iglesias consideran que determinadas declaraciones conciliares no establecen la Santa Tradición con suficiente precisión - la Fe es el mismo, pero la expresión de que les causa problemas.

LA FE VIENE ANTES LOS DECRETOS

Los Anglo Católicos suscriben y se someten a los decretos doctrinales de los Siete Concilios. La totalidad de la Tradición de la Fe, sin embargo, es siempre mayor que la doctrina protegida por decreto conciliar. Para la plenitud de la fe miramos a Cristo, comunicada a nosotros por el Espíritu Santo a través de la Santa Tradición. Los Siete Concilios garantizan que nuestra visión de la fe no es oscurecida por las falsas opiniones de los hombres. 

Artículos de la Religión:


Nota: 


Los Anglo Católicos reconocemos y estudiamos estos 39 Artículos de Religión pero no compartimos, no creemos ni practicamos todo lo estipulado dentro de sus escritos, por eso aceptamos la Afirmacion de San Luis de 1977, los Siete Concilios Ecuménicos. Sin embargo respetamos aun a quienes están en error porque entendemos que somos libres y todos aprendemos de Dios antes que de los hombres.... 

Cada anglo católico en forma individual es libre de aceptar los 39 Artículos de Religión que transcribimos a continuación. 


Conforme establecidos por los Obispos, y los Diputados, Clérigos y Laicos de la Iglesia Protestante Episcopal de los Estados Unidos de América, en Convención, el día doce de septiembre, del Año de Nuestro Señor 1801


ARTICULOS DE LA RELIGION

I. De la Fe en la Santísima Trinidad.

HAY un solo Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo, partes o pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad; el Creador y Conservador de todas las cosas, así visibles como invisibles. Y en la unidad de esta Naturaleza Divina hay Tres Personas de una misma substancia, poder y eternidad; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

II. Del Verbo, o del Hijo de Dios, que fué hecho verdadero Hombre.


EL Hijo que es el Verbo del Padre, engendrado del Padre desde la eternidad, el verdadero y eterno Dios, consubstancial al Padre, tomó la naturaleza Humana en el seno de la Bienaventurada Virgen, de su substancia: de modo que las dos naturalezas enteras y perfectas, esto es, Divina y Humana, se unieron juntamente en una Persona, para no ser jamás separadas, de lo que resultó un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre; que verdaderamente padeció, fué crucificado, muerto y sepultado, para reconciliarnos con su Padre, y para ser sacrificio, no solamente por la culpa original, sino también por todos los pecados actuales de los hombres.


III. Del descenso de Cristo a los Infiernos.


COMO Cristo murió por nosotros, y fué sepultado, también debemos creer que descendió a los Infiernos.


IV. De la Resurrección de Cristo.


CRISTO resucitó verdaderamente de entre los muertos, y tomó de nuevo su cuerpo, con carne, huesos y todas las cosas que pertenecen a la integridad de la naturaleza humana; la que subió al Cielo, y allí está sentado, hasta que vuelva a juzgar a todos los Hombres en el último día.


V. Del Espíritu Santo.


EL Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es de una misma substancia, Majestad y Gloria, con el Padre, y con el Hijo, Verdadero y Eterno Dios.


VI. De la Suficiencia de las Sagradas Escrituras para la Salvación.


LA Escritura Santa contiene todas las cosas necesarias para la Salvación: de modo que cualquiera cosa que no se lee en ella, ni con ella se prueba, no debe exigirse de hombre alguno que la crea como artículo de Fe, ni debe ser tenida por requisito necesario para la Salvación. Bajo el nombre de Escritura Santa entendemos aquellos Libros Canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia.




De los Nombres Números de los Libros Canónicos.

El Génesis,
El Exodo,
Levítico,
Números,
Deuteronomio,
Josué,
Jueces,
Rut,
El Libro Primero de Samuel,
El Libro Segundo de Samuel,
El Libro Primero de los Reyes,
El Libro Segundo de los Reyes,
El Libro Primero de las Crónicas,
El Libro Segundo de las Crónicas,
El Libro de Esdras,
El Libro de Nehemías, llamado también El Segundo Libro de Esdras,
El Libro de Ester.
El Libro de Job,
Los Salmos,
Los Proverbios.
El Eclesiastés o Predicador.
Los Cantares de Salomón,
Los Cuatro Profetas Mayores,
Los Doce Profetas Menores.


Los otros Libros (como dice San Gerónimo), los lee la Iglesia para ejemplo de vida e instrucción de las costumbres; mas ella, no obstante no los aplica para establecer doctrina alguna; y tales son los siguientes:




El Libro Tercero de Esdras,
El Libro Cuarto de Esdras,
El Libro de Tobías,
El Libro de Judit,
El Resto del Libro de Ester,
El Libro de la Sabiduría,
Jesús el Hijo de Sirac,
Baruc el Profeta,
El Cántico de los Tres Mancebos.
La Historia de Susana,
De Bel y el Dragón,
La Oración de Manasés,
El Libro Primero de los Macabéos,
El Libro Segundo de los Macabéos.


Recibimos, y contamos por Canónicos todos los Libros del Nuevo Testa mento, según son recibidos comúnmente.
 
VII. Del Antiguo Testamento.


EL Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo: puesto que en ambos, Antiguo y Nuevo, se ofrece vida eterna al género humano por Cristo, que es el solo Mediador entre Dios y el hombre, siendo El, Dios y Hombre. Por lo cual no deben escucharse los que se imaginan que los antiguos Patriarcas solamente tenían su esperanza puesta en promesas temporales. Aunque la Ley de Dios dada por medio de Moisés, en lo tocante a Ceremonias y Ritos no obliga a los Cristianos, ni deben necesariamente recibirse sus preceptos Civiles en ningún Estado; no obstante, no hay Cristiano alguno que esté exento de la obediencia a los Mandamientos que se llaman Morales.


VIII. De los Credos.


EL Credo Niceno y el comúnmente llamado de los Apóstoles, deben reci birse y creerse enteramente, porque pueden probarse con los testimonios de las Santas Escrituras.




IX. Del Pecado Original o de Nacimiento.



EL Pecado Original no consiste (como vanamente propalan los Pelagianos) en la imitación de Adán, sino que es el vicio y corrupción de la Naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la estirpe de Adán: por esto el hombre dista muchísimo de la justicia original, y es por su misma naturaleza inclinado al mal, de suerte que la carne codicia siempre contra el espíritu; y por lo tanto el pecado original en toda persona que nace en este mundo, merece la ira y la condenación de Dios. Esta infección de la naturaleza permanece también en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne (llamada en griego phronema sarkos, que unos interpretan la sabiduría, otros la sensualidad, algunos afección, y otros el deseo de la carne) no se sujeta a la Ley de Dios. Y aunque no hay condenación alguna para los que creen y son bautizados, todavía el Apóstol confiesa que la concupiscencia y mala inclinación tiene de sí misma naturaleza de pecado.


X. Del Libre Albedrío.


LA condición del Hombre después de la caída de Adán es tal, que ni puede convertirse, ni prepararse con su fuerza natural y buenas obras, a la Fe e Invocación de Dios. Por lo tanto no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios, sin la Gracia de Dios por Cristo nos prevenga, para que tengamos buena voluntad, y obre con nosotros, cuando tenemos esa buena voluntad.


XI. De la Justificación del Hombre.


SOMOS reputados justos delante de Dios solamente por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la Fe, y no por nuestras obras o mere cimientos. Por lo cual, que nosotros somos justificados por la Fe solamente, es Doctrina muy saludable y muy llena de consuelo, como más amplia mente se expresa en la Homilía de la Justificación.


XII. De las Buenas Obras.


AUNQUE las Buenas Obras, que son fruto de la Fe y siguen a la Justificación, no puedan expiar nuestros pecados, ni soportar la severidad del Juicio Divino; son, no obstante, agradables y aceptas a Dios en Cristo, y nacen necesariamente de una verdadera y viva Fe; de manera que por ellas puede conocerse la Fe viva tan evidentemente, como se juzga del árbol por su fruto.



XIII. De las Obras antes de la Justificación.LAS obras hechas antes de la Gracia de Cristo, y de la Inspiración de su Espíritu, no son agradables a Dios, porque no nacen de la Fe en Jesucristo, ni hacen a los hombres dignos de recibir la Gracia, ni (en lenguaje escolástico) merecen de congruo la Gracia; antes bien porque no son hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos que tengan naturaleza de pecado.
 
XIV. De las Obras de Supererogación.


OBRAS voluntarias no comprendidas en los Mandamientos Divinos, llamadas Obras de Supererogación, no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad: porque por ellas declaran los hombres, que no solamente rinden a Dios todo cuanto están obligados a hacer, sino que por su causa hacen más de lo que por deber riguroso les es requerido: siendo así que Cristo claramente dice: Cuando hubiéreis hecho todas las cosas que os están mandadas, decid: Siervos inútiles somos.



XV. De Cristo, el único sin pecado.



CRISTO en la realidad de nuestra naturaleza fué hecho semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, del cual fué enteramente exento tanto en su carne, como en su Espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha, que por el sacrificio de sí mismo una vez hecho, quitase los pecados del mundo. Y no hubo pecado en El, como dice San Juan. Pero nosotros los demás hombres, aunque bautizados, y nacidos de nuevo en Cristo, con todo eso ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.



XVI. Del Pecado después del Bautismo.



NO todo pecado mortal, voluntariamente cometido después del Bautismo, es pecado contra el Espíritu Santo, e irremisible. Por lo cual a los caídos en pecado después del Bautismo no debe negarse la gracia del arrepentimiento. Después de haber recibido el Espíritu Santo, nos podemos apartar de la gracia recibida, y caer en pecado, y por la Gracia de Dios de nuevo levantarnos, y enmendar nuestras vidas. Y por lo tanto debe condenarse a los que dicen, que ya no pueden volver a pecar mientras vivan, o niegan el poder ser perdonados a los que verdaderamente se arrepientan.



XVII. De la Predestinación y Elección.



LA Predestinación a la Vida es el eterno Propósito de Dios, (antes que fuesen echados los cimientos del Mundo), quien por su invariable consejo, a nosotros oculto, decretó librar de maldición y condenación a los que eligió en Cristo de entre todos los hombres, y conducirles por Cristo a la Salvación eterna, como a vasos hechos para honor. Por lo cual, los que son agraciados con un beneficio tan excelente de Dios, son llamados según el propósito por su Espíritu que obra en debido tiempo: por la Gracia obedecen a la vocación; son justificados gratuitamente; son hechos Hijos de Dios por adopción; son hechos conformes a la imagen de su Unigénito Hijo Jesucristo; viven religiosamente en buenas obras, y finalmente llegan por la misericordia de Dios a la eterna felicidad.



 
Como la consideración piadosa de la Predestinación y de nuestra Elección en Cristo, está llena de un dulce, suave e inefable consuelo para las personas piadosas, y que sienten en sí mismas la operación del Espíritu de Cristo, que va mortificando las obras de la carne y sus miembros mortales, y levantando su ánimo a las cosas elevadas y celestiales, no solo porque establece y confirma grandemente su fe en la Salvación eterna que han de gozar por medio de Cristo, sino porque enciende fervientemente su amor hacia Dios: y así, para las personas curiosas y carnales, destituídas del Espíritu de Cristo, el tener continuamente delante de sus ojos la sentencia de la Predestinación Divina, es un precipicio muy peligroso, por el cual el diablo les impele a la desesperación, o al abandono a la vida más impura, no menos peligrosa que la desesperación. Además debemos recibir las promesas de Dios del modo que nos son generalmente propuestas en la Escritura Santa: y en nuestros hechos seguir aquella Divina Voluntad, que tenemos expresamente declarada en la Palabra de Dios.



XVIII. De obtener la Salvación Eterna solamente por el Nombre de Cristo.



DEBEN asimismo ser anatematizados los que se atreven decir, que todo hombre será salvo por la Ley o la Secta que profesa, con tal que sea diligente en conformar su vida con aquella Ley, y con la luz de la Naturaleza. Porque la Escritura Santa nos propone solamente el Nombre de Jesucristo, por medio del cual únicamente han de salvarse los hombres.



XIX. De la Iglesia.



LA Iglesia visible de Cristo es una Congregación de hombres fieles, en la cual se predica la pura Palabra de Dios, y se administran debidamente los Sacramentos conforme a la institución de Cristo, en todas las cosas que por necesidad se requieren para los mismos.
    

Como la Iglesia de Jerusalén, de Alejandría y de Antioquía erraron, así también ha errado la Iglesia de Roma, no solo en cuanto a la vida y las Ceremonias, sino también en materias de Fe.


XX. De la Autoridad de la Iglesia.



LA Iglesia tiene poder para decretar Ritos o Ceremonias y autoridad en las Controversias de Fe: Sin embargo, no es lícito a la Iglesia ordenar cosa alguna contraria a la Palabra Divina escrita, ni puede exponer un lugar de la Escritura de modo que contradiga a otro. Por lo cual, aunque la Iglesia sea Testigo y Custodio de los Libros Santos, sin embargo, así como no es lícito decretar nada contra ellos, igualmente no debe presentar cosa alguna que no se halle en ellos, para que sea creída como de necesidad para la salvación.



XXI. De la Autoridad de los Concilios Generales.



[El Artículo Vigésimo-primero de los Artículos antiguos se omite, por tener una naturaleza local y civil, y se sustituye en las demás partes, de los otros Artículos.]



XXII. Del Purgatorio.




LA doctrina Romana concerniente al Purgatorio, Indulgencias, Veneración y Adoración, así de Imágenes como de Reliquias, y la Invocación de los Santos, es una cosa tan fútil, como vanamente inventada, que no se funda sobre ningún testimonio de las Escrituras, antes bien repugna a la Palabra de Dios.

 
XXIII. Del Ministerio en la Congregación.


NO es lícito a hombre alguno tomar sobre sí el oficio de la Predicación pública, o de la Administración de los Sacramentos en la Congregación, sin ser antes legítimamente llamado, y enviado a ejecutarlo. Y a estos debemos juzgarlos legalmente escogidos y llamados a esa obra por los hombres que tienen autoridad pública, concedida en la Congregación, para llamar y enviar Ministros a la Viña del Señor.



XXIV. Del lenguaje en la Congregación en un idioma que entienda el Pueblo.



EL decir Oraciones públicas en la Iglesia, o administrar los Sacramentos en lengua que el pueblo no entiende, es una cosa claramente repugnante a la Palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva.



XXV. De los Sacramentos.



LOS Sacramentos instituídos por Cristo, no solamente son señales de la Profesión de los Cristianos, sino más bien unos testimonios ciertos, y signos eficaces de la Gracia y buena voluntad de Dios hacia nosotros, por los cuales obra El invisiblemente en nosotros, y no solo aviva, mas también fortalece y confirma nuestra fe en El.


    

Dos son los Sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, a saber, el Bautismo y la Cena del Señor.


 
Los otros cinco que comúnmente se llaman Sacramentos: la Confirmación, la Penitencia, las Ordenes, el Matrimonio y la Extrema-Unción, no deben reputarse como Sacramentos del Evangelio, habiendo emanado, en parte, de una imitación pervertida de los Apóstoles, yen parte son estados de la vida aprobados en las Escrituras; pero que no tienen la esencia de Sacramentos, semejante al Bautismo y a la Cena del Señor, porque carecen de signo alguno visible, o ceremonia ordenada de Dios.



 
Los Sacramentos no fueron instituídos por Cristo para ser contemplados, o llevados en procesión, sino para que hagamos debidamente uso de ellos. Y sólo en aquellos que los reciben dignamente producen ellos el efecto saludable; pero los que indignamente los reciben, se adquieren para sí mismos, como dice San Pablo, condenación.



XXVI. Que la Indignidad de los Ministros no impide el efecto de los Sacramentos.



AUNQUE en la Iglesia visible los malos están siempre mezclados con los buenos, y algunas veces los malos obtienen autoridad superior en el Ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, no obstante, como no lo hacen en su propio nombre, sino en el de Cristo, ni ministran por medio de su comisión y autoridad; aprovechamos su ministerio, oyendo la Palabra de Dios y recibiendo los Sacramentos. Ni el efecto de la Institución de Cristo se frustra por su iniquidad, ni la gracia de los dones divinos se disminuye con respecto a los que rectamente y con Fe reciben los Sacramentos que se les ministran; los que son eficaces, aunque sean ministrados por los malos, a causa de la institución y promesa de Cristo.



Pertenece, empero, a la disciplina de la Iglesia el que se inquiera sobre los malos Ministros, que sean acusados por los que tengan conocimiento de sus crímenes; y que hallados finalmente culpables, sean depuestos por sentencia justa.



XXVII. Del Bautismo.



EL Bautismo no es solamente un signo de la profesión y una nota de distinción, por la que se identifican los Cristianos de los no bautizados; sino también es un signo de la Regeneración o Renacimiento, por el cual, como por instrumento, los que reciben rectamente el Bautismo son injertos en la Iglesia; las promesas de la remisión de los pecados, y la de nuestra Adopción como Hijos de Dios por medio del Espíritu Santo, son visiblemente señaladas y selladas; la Fe es confirmada, y la Gracia, por virtud de la oración a Dios, aumentada.



 
El Bautismo de los Párvulos, como más conforme con la institución de Cristo, debe conservarse enteramente en la Iglesia.



XXVIII. De la Cena del Señor.



LA Cena del Señor no es solamente signo del amor mutuo de los Cristianos entre sí; sino más bien un Sacramento de nuestra Redención por la muerte de Cristo: de modo que para los que recta, dignamente y con Fe la reciben, el Pan que partimos es participación del Cuerpo de Cristo; y del mismo modo la Copa de bendición es participación de la Sangre de Cristo.



 
La Transubstanciación (o el cambio de la substancia del Pan y del Vino), en la Cena del Señor, no puede probarse por las Santas Escrituras; antes bien repugna a las palabras terminantes de los Libros Sagrados, trastorna la naturaleza del Sacramento, y ha dado ocasión a muchas supersticiones.



 
El Cuerpo de Cristo se da, se toma, y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual únicamente: y el medio por el cual el cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena, es la Fe.



    
El Sacramento de la Cena del Señor ni se reservaba, ni se llevaba en procesión, ni se elevaba, ni se adoraba, en virtud de mandamiento de Cristo.



XXIX. De los Impíos; que no comen el Cuerpo de Cristo al participar de la Cena del Señor.



LOS Impíos, y los que no tienen Fe viva, aunque compriman carnal y visiblemente con sus dientes, como dice San Agustín, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no por eso son en manera alguna participantes de Cristo: antes bien, comen y beben para su condenación el Signo o Sacramento de una cosa tan importante.



XXX. De las dos Especies.



EL Cáliz del Señor no debe negarse a los laicos; puesto que ambas partes del Sacramento del Señor, deben ministrarse igualmente a todos los Cristianos por ordenanza y mandato de Cristo.


 
XXXI. De la única Oblación de Cristo consumada en la Cruz.


LA Oblación de Cristo una vez hecha, es la perfecta Redención, Propiciación y Satisfacción por todos los pecados de todo el mundo, así originales como actuales; y ninguna otra Satisfacción hay por los pecados, sino ésta únicamente. Y así los Sacrificios de las Misas, en los que se dice comúnmente que el Presbítero ofrece a Cristo en remisión de la pena o culpa por los vivos y por los muertos, son fábulas blasfemas, y engaños peligrosos.



XXXII. Del Matrimonio de los Presbíteros.



NINGÚN precepto de la Ley Divina manda a los Obispos, Presbíteros y Diáconos vivir en el estado del Celibato, o abstenerse del Matrimonio; es lícito, lo mismo que a los demás Cristianos, contraer a su discreción el estado del Matrimonio, si creyeren que así les conviene mejor para la piedad.



XXXIII. Como deben evitarse las Personas excomulgadas.



LA Persona que, por una denuncia pública de la Iglesia, se ha separado de la Unidad de la misma y ha sido debidamente excomulgada, se debe considerar por todos los fieles como si fuese un Pagano y un Publicano, mientras que por medio del arrepentimiento no se reconcilia públicamente con la Iglesia y recibida por un Juez debidamente autorizado.



XXXIV. De las Tradiciones de la Iglesia.



NO es necesario que las Tradiciones y Ceremonias sean en todo lugar las mismas o totalmente parecidas; porque en todos los tiempos fueron diversas, y pueden mudarse según la diversidad de países, tiempos y costumbres, con tal que en ellas nada se establezca contrario a la Palabra de Dios.



Cualquiera que por su juicio privado voluntariamente y de intento quebranta manifiestamente las Tradiciones y Ceremonias de la Iglesia, que no son contrarias a la Palabra de Dios, y que están ordenadas y aprobadas por la Autoridad pública, debe, para que teman otros hacer lo mismo, ser públicamente reprendido como perturbador del orden común de la Iglesia, como ofensor de la autoridad del Magistrado, y como quien vulnera las conciencias de los hermanos débiles.
    


Toda Iglesia particular o nacional tiene facultad para instituir, mudar o abrogar las ceremonias o ritos eclesiásticos instituídos únicamente por la autoridad humana, con tal que todo se haga para edificación.




XXXV. De las Homilías.



EL segundo Tomo de las Homilías, cuyos títulos hemos reunido al pie de este Artículo, contiene una Doctrina piadosa, saludable y necesaria para estos tiempos, e igualmente el primer Tomo de las Homilías publicadas en tiempo de Eduardo Sexto; y por lo tanto juzgamos que deben ser leídas por los Ministros clara y diligentemente en las Iglesias, para que el Pueblo las entienda.




Nombres de las Homilías.


1. Del recto uso de la Iglesia.
2. Contra el peligro de la Idolatría.
3. De la reparación, y aseo de las Iglesias.
4. De las buenas obras; y del Ayuno en primer lugar.
5. Contra la Glotonería, y Embriaguez,
6. contra el Lujo excesivo de Vestido.
7. De la Oración.
8. Del Lugar y Tiempo de la Oración.
9. Que las Oraciones Comunes y los Sacramentos deben celebrarse, y administrarse en lengua conocida.
10. De la respetuosa veneración de la Palabra de Dios.


11. Del hacer Limosnas.
12. De la Natividad de Cristo.
13. De la Pasión de Cristo.
14. De la Resurreción de Cristo.
15. De la digna Recepción del Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
16. De los Dones del Espíritu Santo.
17. Para los Días de Rogativa.
28. Del Estado de Matrimonio.
19. Del Arrepentimiento.
20. Contra la Ociosidad.
21. Contra la Rebelión.
[Este Artículo está recibido en esta Iglesia, en cuanto que declara que el Libro (le Homilías es una explicación de la doctrina Cristiana, e instructivo en la piedad y en la moral. Mas toda referencia a la constitución y a las leyes de Inglaterra son consideradas como inaplicables, considerando las circunstancias de esta Iglesia; que también suspende la orden para la lectura de dichas Homilías en las Iglesias, hasta que se haga una revisión conveniente, para librarlas de tantas palabras y frases no usadas hoy, así como de las referencias locales.]


XXXVI. De la Consagración de los Obispos y Ministros.



EL Libro de la Consagración de los Obispos, y de la Ordenación de los Presbíteros y Diáconos, según está declarado por la Convención General de esta Iglesia en 1792, contiene todas las cosas necesarias a tal Consagración y Ordenación; no contiene cosa alguna que sea en sí supersticiosa o impía. Y, por tanto, cualquiera que sea consagrado u ordenada según dicha Forma, decretamos que está justa, regular y legalmente consagrado y ordenado.



XXXVII. Del Poder de los Magistrados Civiles.



EL Poder del Magistrado Civil se extiende a todos los hombres, clérigos y laicos, en todas las cosas temporales; mas no tiene autoridad alguna en las cosas puramente espirituales. Y mantenemos que es el deber de todos los hombres que profesan el Evangelio, obedecer respetuosamente a la autoridad civil regular y legalmente constituída.



XXXVIII. Que los Bienes de los Cristianos no son comunes.



LAS riquezas y los bienes de los Cristianos no son comunes en cuanto al derecho, título y posesión, como falsamente se jactan ciertos Anabaptistas. Pero todos deben dar liberalmente limosnas a los pobres de lo que poseen y según sus posibilidades.



XXXIX. Del Juramento del Cristiano.



ASÍ como confesamos estar prohibido a los Cristianos por nuestro Señor Jesucristo, y por su Apóstol Santiago, el juramento vano y temerario; también juzgamos, que la Religión Cristiana de ningún modo prohibe que uno jure cuando lo exige el Magistrado en causa de Fe y Caridad, con tal que esto se haga según la doctrina del Profeta, en Justicia, en Juicio, y en Verdad.





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Exodo

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Levítico

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Números

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Deuteronomio

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Josue

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Jueces

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Samuel 1º

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Samuel 2º

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Crónicas 2º

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14

Esdras

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15

Nehemías

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16

Macabeos 1º

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17

Macabeos 2º

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18

Isaías

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Jeremías

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Ezequiel

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21

Oseas

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22

Joel

01 02 03 04

23

Amós

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Abdías

01

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Jonás

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Miqueas

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27

Nahúm

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Habacuc

01 02 03

29

Sofonías

01 02 03

30

Ageo

01 02

31

Zacarías

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32

Malaquías

01 02 03

33

Daniel

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34

Job

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Proverbios

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Eclesiastés

01 02 03 04 05 06 07 08 09 10 11 12

37

Cantar de los Cantares

01 02 03 04 05 06 07 08

38

Rut

01 02 03 04

39

Lamentaciones

01 02 03 04 05

40

Ester

01 02 03 04 05 06 07 08 09

41

Tobías

01 02 03 04 05 06 07 08 09 10 11 12 13 14

42

Judit

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43

Baruc

01 02 03 04 05 06

44

Sabiduria

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Eclesiástico-Sirácides

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Salmos

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Nuevo Testamento

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48

Evangelio de Marcos

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49

Evangelio de Lucas

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Evangelio de Juan

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Hechos de los Apóstoles

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Romanos

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Corintios 1º

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Corintios 2º

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55

Gálatas

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56

Efesios

01 02 03 04 05 06

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Filipenses

01 02 03 04

58

Colosenses

01 02 03 04

59

Filemón

01

60

Tesalonicenses 1º

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Tesalonicenses 2º

01 02 03

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Timoteo 1º

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Timoteo 2º

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Tito

01 02 03

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Hebreos

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66

Santiago

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Pedro 1º

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Pedro 2º

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Juan 1º

01 02 03 04 05

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Juan 2º

01

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Juan 3º

01

72

Judas

01

73

Apocalipsis

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Antiguo Testamento:




1.Génesis 2.Éxodo 3.Levítico 4.Números 5.Deuteronomio 6.Josué 7.Jueces 8.Rut 9.Samuel I 10.Samuel II 11.Reyes I 12.Reyes II 13.Crónicas I 14.Crónicas II 15.Esdras 16.Nehemías 17.Tobías 18.Judit 19.Ester 20.Macabeos I 21.Macabeos II 22.Job 23.Los Salmos 24.Proverbios 25.Eclesiastés 26.Cantar de los Cantares 27.Sabiduría 28.Eclesiástico 29.Isaías 30.Jeremías 31.Lamentaciones 32.Baruc 33.Ezequiel 34.Daniel 35.Oseas 36.Joel 37.Amós 38.Abdías 39.Jonás 40.Miqueas 41.Nahúm 42.Habacuc 43.Sofonías 44.Ageo 45.Zacarías 46.Malaquías



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47.Mateo 48.San Marcos 49.Lucas 50.Juan 51.Hechos 52.Romanos 53.Corintios I 54.Corintios II 55.Gálatas 56.Efesios 57.Filipenses 58.Colosenses 59.Tesalonicenses I 60.Tesalonicenses II 61.Timoteo I 62.Timoteo II 63.Tito 64.Filemón 65.Hebreos 66.Santiago 67.Pedro I 68.Pedro II 69.Juan I 70.Juan II 71.Juan III 72.Judas 73.Apocalipsis

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